Sentinel del Norte: La isla prohíbida

Las cifras de población real se desconocen, pero se cree oscilan entre los 50 y los 400 indivíduos.
Leyendo un reportaje acerca de lugares inhóspitos y de difícil acceso, incluso para aquellos aventureros  más avezados, he descubierto un remoto lugar que me ha producido una fascinación y excitación inmediatas. Se trata de una isla salvaje (siempre tuve especial predilección por los territorios sujetos a la condición de aislamiento que ofrece la insularidad) situada en los trópicos del océano índico, o dicho de otro modo, en los confines de la tierra, si se considera el archipíelago indio de las islas Andamán como tal. Este recóndito y exótico lugar se utilizó durante décadas, aproximadamente desde 1858 hasta los albores de la Segunda Guerra Mundial, como destino penitenciario y de trabajos forzados (tala de árboles, principalmente) para todos aquellos descontentos que tenían la osadía de amotinarse contra la presencia imperial británica en la India.

Los primeros encontronazos de los casacas rojas con las tribus nativas de Andamán, (unos 10.000 individuos aproximadamente), fueron reportados cómo muy violentos, si bien fueron pacificadas e integradas con el tiempo, exceptuando aquella de nuestra isla, un pedazo de tierra habitada en el extremo occidental del archipiélago, que ha mantenido hasta el día de hoy una violabilidad cercana a cero, por parte de los embates del mundo moderno. Esto la convierte, probablemente, en la última isla aislada con población nativa salvaje que además rechaza cualquier tipo de injerencia externa… y con razón.

Nativo de Sentinel: La mueca de su rostro muestra con claridad que no somos bien recibidos…
Es conocida con el nombre de Sentinel del Norte y actualmente y desde 2005, sus habitantes gozan de una política respetuosa y no intervencionista por parte del gobierno indio, lo cual es no sólo sorprendente hoy en día, sino también elogiable. Su pequeño tamaño, apenas 72 kilómetros cuadrados, unido a sus impenetrables selvas, su díficil y arriesgada circunnavegación por culpa de los arrecifes y golpes de mar y la peligrosidad de los nativos, probablemente hayan contribuido a que durante 60.000 años, esta etnia indígena que se cree procede del continente africano, exclusivamente cazadora-recolectora, de baja estatura y piel oscura (los antropólogos los definen con el nombre de “negritos”), haya permanecido en relativa calma. No obstante esta calma ha sido en ocasiones tensa, por los incidentes registrados desde finales del siglo XIX hasta hace sólo un puñado de años. En cualquier caso, todos los intentos por civilizar (…o incivilizar…) a este pueblo, han sido en vano.
Guerreros sentineleses arrojando flechas a un helicóptero de los guardacostas indios tras la muerte de dos pescadores en enero de 2006, el último incidente fatal del que se tiene constancia.
La primera información acerca de un posible poblamiento en la isla Sentinel fue advertida en 1771 por el topógrafo británico John Ritchie, que avistó una multitud de luces que se movían desde el buque hidrográfico de la East India Company “The Diligent”. Casi 100 años después, en 1867, un funcionario local fue enviado a la zona para explorarla y en la temporada de monzones de ese mismo año, un barco mercante indio naufragó en los arrecifes, siendo los 106 pasajeros y tripulantes supervivientes, hostigados por los indígenas hasta que fueron rescatados por un navío británico. Los primeros contactos tuvieron lugar en 1880, aunque ya Marco Polo escribió acerca de los centineleses en el siglo XIII, alegando que:
 “Si un extranjero llega a sus tierras lo matan inmediatamente y acto seguido se lo comen”
Este primer contacto tuvo lugar gracias a la expedición liderada por Maurice Vidal Portman, que se internó en la espesura de la isla llevándose a dos ancianos incapacitados para caminar que se encontraron por allí y que murieron a los pocos días, así como a un grupo de niños que fueron devueltos con regalos para el resto de nativos, en un malicioso intento de seducir a la tribu, y de los que no se volvió a saber nada más. Portman, prestigioso oficial de la armada británica conocido por pacificar varias tribus andamanesas entre 1879 y 1901, fracasó pues en su intento en la isla de Sentinel.

Unos años más tarde, en 1895, se trató de establecer contacto usando como médium a un nativo de la isla que convivía con la tribu de los Onge, pero fue igualmente rechazado. Al año siguiente, en 1896, tres convictos fugados del centro penitenciario de Port Blair, arribaron a las proximidades de la isla, sin embargo dos murieron ahogados en el arrecife y el tercero fue asesinado en la playa, siendo recuperado su cadáver poco después. Es probable que esta fuga fuese el detonante de la construcción de otro recinto de máxima seguridad en Port Blair conocido como “Cellular Jail”, al tiempo que el movimiento antimperialista en India cobraba cada día más fuerza.

La segunda oleada de acoso exterior tuvo lugar en la década de los 70,  con la llegada de varias expediciones de antropólogos indios y americanos custodiados por policía armada, con objeto de fotografiar y de nuevo hacer ofrendas (pescado) a los sentineleses. En la primera ocasión, marzo de 1970, los expedicionarios fueron obsequiados con un extraño rito sexual por parte de los nativos, que se juntaron en parejas y comenzaron a copular ante la atónita mirada de los presentes, retirándose progresivamente a la espesura y desapareciendo entre los árboles. En 1974 tuvieron lugar otras 3 expediciones armadas, nutridas con documentalistas indios (Man in search of man) y fotógrafos del National Geographic, que lograron desembarcar volviendo a depositar ofrendas en la playa (entre las que se encontraba un cerdo, papel de aluminio y una muñeca). Los aborígenes, desconfiados, enterraron los presentes y les obsequiaron con una lluvia de flechas en dos ocasiones, una de las cuales el jefe de la expedición fue alcanzado en la pierna, mientras constataban como el avezado arquero se destornillaba de risa, sentado bajo un árbol, tras comprobar que su certero disparo había tenido éxito. Hasta el Rey Leopoldo III de Bélgica, un apasionado de la antropología social, quiso aventurarse un año más tarde en un acercamiento nocturno a prudencial distancia de la isla, siendo recibido, nuevamente, con hostilidad por parte de un guerrero que le amenazó con su arco.
Los restos del Primrose, al noroeste de la isla, en la actualidad.
En 1981, otro buque mercante, el primrose, encallaba en el arrecife fatalmente. Aunque la tripulación manifestó su deseo de desembarcar, el capitán, precavido, ordenó que nadie abandonase el barco. A los pocos días, un angustioso aviso de radio por parte de este mismo capitán, precipitó y adelantó la llegada del rescate:

“Hombres salvajesmás de 50 portando armas caseras, están haciendo dos o tres barcos de madera, tratarán de abordarnos al atardecer”

Efectivamente, se produjeron fuertes enfrentamientos entre la tripulación del Primrose y los indígenas, hasta la llegada de los refuerzos. Las consecuencias de este percance, se saldaron con la muerte de varios indígenas en escaramuzas con operadores de salvamento armados, que visitaron la isla tras el naufragio del Primrose.

 
 
Buque mercante Primrose en los años 80. Imagen tomada por el capitán Robert Fore.
 
La década de los 90, fue la más pródiga de esta larga lista de frustraciones, sucediéndose la entrega de comida (cocos, plátanos y demás avituallamiento) de forma pacífica, con bastante acercamiento por parte de los expedicionarios y sin hostilidades por parte de la población local. Sin embargo, y a pesar de estos tímidos avances, diversas críticas llevaron a la conclusión de que las contínuas interferencias y la sola presencia de los investigadores, podía alterar significativamente el objeto de estudio, además de crear una peligrosa dependencia del exterior por la constante entrega de alimentos, por lo que se decidió desistir.
Finalmente, y como colofón al culebrón de esta peculiar isla, el 26 de enero de 2006, dos pescadores de cangrejos que faenaban de forma ilegal en la zona, Sunder Raj y Pandit Tiwari, de 48 y 52 años respectivamente, se quedaron dormidos, probablemente alcoholizados, a bordo de su barca, que mal anclada, terminó varando en la orilla. A pesar del esfuerzo de otros compañeros que les gritaban en la lontananza para advertirles del peligro que corrían, estos no se percataron y fueron interceptados y asesinados por los sentineleses, que les semi-enterraron en la arena. Un helicóptero de la policía trató de aterrizar para recuperar los cuerpos, pero hubo de desistir dada la agresividad de los moradores y la lluvia de flechas habitual.
La barca de los dos desafortunados pescadores, tomada por los aborígenes
Particularmente, y en un mundo que agoniza, siento envidia y un gran respeto hacía estas tríbus indígenas, y me sugiere una total y completa indiferencia el hecho de que sean caníbales analfabetos. Porque seguro que si han podido y sabido mantenerse en tan pequeño territorio durante sesenta milenios, es porque han alcanzado un equilibrio sostenible con el entorno digno de admiración y es más que comprensible que no quieran saber nada de las endemoniadas y perniciosas actividades del hombre moderno. Es probable que si tuviesen información detallada de lo que sucede en el mundo o el estado ambientalmente deplorable en el que se encuentra el cercano subcontinente indio, se adentrarían en los más profundo de la isla, presas del terror, a construir búnkeres de tierra o plazas fortificadas para defenderse del horroroso mundo exterior, o tal vez su isla, su cultura y su historia decidiesen que es mejor dejarse engullir en las profundidades del Golfo de Bengala para no emerger nunca más.

Por otra parte, resulta reconfortante el saber que todavía quedan comunidades de hombres libres en algunos rincones del planeta y que la tierra es lo suficientemente grande para dar todavía cobijo a aquellos que no quieren saber nada del  enfermizo e ignominioso capitalismo actual, en clara fase terminal.

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